Sustentabilidad y agricultura
Argentina y Uruguay con actitudes distintas
Gerardo Evia
Recientemente se llevaron a cabo en ambas márgenes
del Río de la Plata dos eventos muy significativos para la agropecuaria de esta
parte del mundo. Por un lado, en Argentina tuvo lugar el XII Congreso de la
Asociación Argentina de Siembra Directa (AAPRESID), que fuera inaugurado el 10
de agosto pasado en la ciudad de Rosario. Por otro lado, en Uruguay, tuvo lugar
el Simposio “Sustentabilidad de la Intensificación Agrícola en
Uruguay” convocado por el Instituto Nacionales de Investigaciones
Agropecuarias (INIA), desde el 4 de agosto en la ciudad de Mercedes.
Ambos
eventos tuvieron puntos en común y al mismo tiempo marcadas diferencias que
reflejan dos visiones o actitudes distintas respecto a la sustentabilidad
de la agricultura. Entre los aspectos comunes se destaca el auge de la
agricultura en los dos países al calor de la mejora en los precios relativos de
los granos, en particular de las oleaginosas. Además, en las dos reuniones se
abordó un concepto relativamente nuevo en este tipo de ámbitos: la
“sustentabilidad”. Tanto en Rosario como en Mercedes, distintos panelistas
analizaron y debatieron sobre las implicancias económicas, sociales,
ambientales y productivas de las estrategias actuales y los desafíos futuros
para la agricultura en la región.
Entre
las diferencias las más obvias están referidas a las distintas dimensiones del
negocio agrícola en Argentina y Uruguay, así como a las diferentes características
y potencial de los recursos naturales. Basta señalar como ejemplo sobre las
distintas escalas que en Argentina se plantan unas 3 millones de hás. de soja
frente a tan solo 260.000 hás. en Uruguay.
Otra
diferencia importante es que el proceso de intensificación lleva varios años
en Argentina, mientras que en Uruguay este es un fenómeno que comenzó en la última
zafra de verano pero que se prevé se incremente en el futuro.
Podríamos
decir que los argentinos son mucho más entusiastas, enérgicos y decididos a la
hora de tomar decisiones drásticas que los uruguayos. Esta diferente dinámica
para enfrentar y adoptar cambios entre argentinos y uruguayos no es nueva
y tiene seguramente profundas raíces socioculturales. Así, en pocos años la
Argentina se transformó en uno de los principales países productores de transgénicos
en el mundo y han intensificado al máximo la agricultura en las pampas, con la
adopción masiva de siembra directa, llevando casi a la erradicación de la
ganadería de esa zona.
En Uruguay hasta hace muy poco se había
caracterizado por mantener sistemas de producción agrícola en rotación con
ganadería. Pero en el último año pareció romperse las barreras que sostenían
esa y otras prácticas, y que le servían para mantenerse al margen tanto de los
riesgos derivados de la intensificación como de los posibles beneficios económicos.
Los factores de esa cambio fueron por lo menos
dos: el fuerte aumento de los precios internacionales de la soja, y la incursión
de empresarios argentinos que alentados por los bajos valores relativos de la
tierra y escapando a los impuestos a las exportaciones que se aplican en
Argentina (“detracciones”), cruzan a Uruguay para plantar en sus tierras.
Por ejemplo, solo tres empresas argentinas poseen más de 17 mil hectáreas de
soja en Uruguay en la zafra 2003/04.
El tema del desarrollo sustentable se invoca en
estos países, y aunque la palabra “sustentable” se hace más y más común,
de la misma manera aumenta la vaguedad sobre sus bases conceptuales. También en
este campo es posible identificar dos visiones. Una de ellas parte de la premisa
de que cuentan con un arma tecnológica, la “siembra directa”, que postulan
como uno de los mejores instrumentos para lograr la sustentabilidad. Por ese
procedimiento el suelo recibe un laboreo mínimo y los viejos arados se dejan de
lado. Se repite que tiene ventajas ambientales como reducir la erosión o gastar
menos combustibles. Se blande la siembra directa como espada justiciera
arremeten contra cualquiera que se atreva a preguntar si no existen riesgos o
nuevas amenazas a tener en cuenta.
Así, aspectos como la inestabilidad, el riesgo,
el potencial de contaminación de suelos y aguas, el incremento en la
dependencia de agroquímicos, el aumento de suceptibilidad a plagas, la mayor
dependencia del uso de fertilizantes son considerados argumentos de aquellos que
son “contras”, las personas que solo se dedican a poner palos en la rueda de
los emprendedores exitosos.
Incluso frente a las denuncias de pérdidas de
bosques nativos en áreas de noroeste argentino hay quienes afirman que ese tipo
de bosque “no es algo romántico: por el contrario, es algo siniestro” y
“el desmonte y la implantación de los cultivos agrícolas con tecnología son
los que permiten transformar a estos seres (los habitantes de los bosques) que
llevan vidas miserables en trabajadores agrícolas calificados, integrados al
resto de la sociedad argentina” (La Nación, B. Aires, 21 de agosto de 2004).
Es más, en el congreso de AAPRESID se
anunció el lanzamiento de un esquema de certificación de siembra directa como
“garantía de sustentabilidad” de la producción agrícola. Los agricultores
argentinos pasan de la estrategia defensiva consistente en justificar las
bondades de conservación de suelos de la siembra directa, a una ofensiva
en la que se diseña la imagen de producto sustentable.
Mientras tanto desde el otro lado del Río
Uruguay, las posturas suelen ser más análíticas y por lo menos cautelosa. Los
uruguayos repiten que la estabilidad económica y productiva de los sistemas de
agricultura continua se ve fuertemente afectada tanto por la vulnerabilidad a
las oscilaciones de precios y por la mayor susceptibilidad a las plagas.
También señalan que la siembra directa no está
libre de problemas, ya que entre sus efectos se constata la acumulación de
hongos en rastrojos y disminuye la capacidad de acumulación de agua de los
suelos. Además quedó claro que siembra directa no es sinónimo de “no erosión”,
puesto que si los suelos se mantienen sin cobertura la erosión igual ocurre.
Finalmente, el decano de la Facultad de Agronomía del Uruguay alertó sobre el
incremento de 417% en la importación de herbicidas en los últimos siete años,
52% de insecticidas, y la acumulación de 400 toneladas anuales de envases plásticos
de agroquímicos en el campo.
También es cierto que en ambas orillas hay voces
disonantes respecto a la tendencia predominante. Así desde el INTA de Argentina
se alerta que “hay sólidos argumentos técnicos que indican que el
monocultivo de soja RR bajo siembra directa, y sin rotaciones, no es sustentable
en la región pampeana” lo que evidencia un encomiable espíritu de
rigurosidad crítica. De la misma manera, en Uruguay también hay reflejos
de optimismo dogmático; así en una entrevista a un técnico uruguayo en la que
se le consultaba sobre el problema de aparición de malezas resistentes al
herbicida glifosato, postulaba como solución que se debe tener “esperanza que
algo” sustituya a ese químico.
En todo caso estas expresiones parecen ser las
excepciones en la regla de las grandes tendencias. Los temas de fondo no sólo
incluyen a valorar en su justa medida el paquete tecnológico de la siembre
directa, sino además a sus verdaderas vinculaciones con el desarrollo
sustentable. Para avanzar en ese camino es indispensable precisar todavía más
qué se entiende por sustentabilidad.
G. Evia es
analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología, Equidad América
Latina). Publicado por D3E el 26 de agosto 2004. Se permite la reproducción del
artículo siempre que se cite la fuente.
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