VALOR
AGREGADO AMBIENTAL
Las
nuevas relaciones entre ecología y agropecuaria
Gerardo
Evia y Eduardo Gudynas
En los últimos
tiempos aparecen una y otra vez distintos temas ambientales al discutir sobre el
futuro agropecuario del Uruguay. Sea para criticar barreras comerciales basadas
en exigencias ambientales o para alabar las bondades del "Uruguay
Natural", lo cierto es que esta problemática se hace cada vez más
frecuente.
Muchos productores
afectados por el clima o el endeudamiento consideran que esos temas están
alejados de sus prioridades, y que poco o nada tienen que ver con esa discusión
ambiental. La opinión extrema sería que las cuestiones ambientales en realidad
deberían atenderse en un futuro lejano, y que hoy tan sólo entorpecerían o
encarecerían la producción agropecuaria nacional.
Pero si nos tomamos
un momento para analizar la información que hoy está disponible, y analizar cómo
afecta a la producción agropecuaria nacional, se llegará a conclusiones muy
distintas. Todavía más: no es ingenuo plantearse que los aspectos ecológicos
en realidad ofrecen ventajas económicas que beneficiarán al productor, su
familia y el país. En este breve artículo deseamos presentar algunos de esos
aspectos.
Cuando se invoca el
concepto de valor agregado, mucha gente tiende a pensar en una cadena
industrial. Se lo considera propio de las agroindustrias y las manufacturas, y
los ejemplos clásicos de cómo lograrlo son el yogur o zapatos de cuero. Pero
existen otras formas de valor agregado. En los últimos años hemos comprendido
que hay también valor que se agrega desde el punto de vista del saber, y uno de
los ejemplos más citados es la producción de programas de computadora. Allí
los componentes intelectuales son mas importantes que los aportes de
manufactura, y a partir del conocimiento es que se generan los éxitos económicos
y las corrientes exportadoras. Esta distinción es clave ya que no siempre el
valor agregado reside en grandes chimeneas, sino que muchas veces está muy
cerca nuestro y puede pasar desapercibido.
El valor agregado
ambiental (VAA) pone en primer plano la inversión en la calidad ambiental, métodos
y técnicas de producción que buscan los menores impactos en el entorno, el uso
más eficiente de los insumos, y la más alta calidad de los productos por medio
de condiciones rigurosas en el uso de agroquímicos y específicos farmaceúticos.
En este caso se obtiene un producto diferenciado por sus atributos "orgánicos"
o "naturales" en el sentido de atender condiciones ambientales. Los
costos y las inversiones para alcanzar este valor agregado están en diversas
acciones, algunas muy sencillas y otras más complejas. Por ejemplo, mantener un
campo en condiciones naturales puede ser una inversión para lograr esas metas,
y no debe ser visto como un paso atrás; en otros casos, el empaquetado requerirá
de materiales especiales que demandan tecnologías de punta. En otras
situaciones las ventajas se dan en diferenciar el producto; es el caso de quien
logra un tomate orgánico obteniendo una mayor ventaja en comercializarlo como
tal antes que mezclarlo con tomates comunes para su industrialización.
Lo importante es
tener presente que existen tanto costos como beneficios económicos asociados al
valor agregado ambiental, aunque éstos se expresan en rubros que pueden ser
diferentes a la contabilidad tradicional del establecimiento. Este valor apunta
a un producto diferenciado por sus condiciones de calidad natural y las
decisiones se toman en base a ese objetivo. Tampoco es menor que la articulación
ecología-agropecuaria que promueve permite elevar la calidad ambiental y de
vida en el país a la vez que puede generar beneficios económicos.
En efecto, en muchos
casos este valor agregado ambiental se traduce en el "premio" de
sobreprecio en varios productos, que puede variar de unos pocos puntos
porcentuales hasta picos del 80% que llegó a alcanzar la carne de pollo
en 1999 cuando la crisis de las dioxinas en Europa. Esos sobreprecios varían
con los productos y con la situación de los mercados. Por ello no debe creerse
que una apuesta al VAA automáticamente generará mayores éxitos económicos.
Pero la información disponible al día de hoy sobre las tendencias futuras de
los mercados a los que exportamos alertan sobre el creciente peso de estos
componentes. En efecto, ya se ha alertado en Uruguay sobre la creciente
importancia de los llamados factores no-económicos de los productos, en
especial la seguridad y la salud, la calidad, el bienestar animal y el cuidado
del ambiente (por ejemplo, por Daniel de Mattos del INIA).
Una breve recorrida
por otros países muestra la importancia de esos cambios. En EE UU el área
orgánica certificada se duplicó entre 1991 y 1994, superando los 400 mil hás.
La venta de esos productos crece todavía más, con un proyectado de U$S 6.200
millones en el 2000. En Europa el área certificado bajo ese tipo de cultivos es
todavía mayor, superando el millón de hectáreas. En 1996 el mercado de esos
producto superaba los U$S 1.000 millones de dólares.
Argentina ha
tenido un aumento del 400% en el volumen de las exportaciones orgánicas
entre 1995 y 1999, alcanzado los US$ 20 millones en el último año,
especialmente a mercados exigentes como Europa (de hecho nuestro vecino es uno
de los 4 países con certificación orgánica acreditada por la Unión Europea).
Allí existen unas 380 mil hás destinadas a la producción orgánica y la gran
mayoría está bajo usos ganaderos.
En Uruguay existe un
cierto escepticismo con estas opciones, en especial debido a que la producción
agrícola bajo condiciones ecológicas es todavía pequeña, y algunos intentos
ambiciosos de exportación no fructificaron. Sin dejar de admitir esos problemas
no puede pasarse por alto que en ello han incidido muchos factores, y entre
ellos las dificultades de comercialización incluso dentro del país. Pero la
situación es diferente para el sector ganadero, y en particular por dos
razones: 1) se avecinan crecientes condicionantes ambientales de parte de los
mercados de alto poder adquisitivo y 2) es el subsector donde poseemos mayores
ventajas ambientales comparativas.
Los analistas parecen
coincidir que en un futuro cercano se exigirán a casi todos los productos
agroalimentarios cero residuos de agroquímicos o farmacéuticos, y fuertes
condiciones en sus modos de producción, de manera de asegurar la protección
del ambiente y la salud de los consumidores. Mientras en la actualidad, buena
parte de los productos orgánicos obtienen un sobreprecio, parecería que en los
próximos años esos productos serán los estándares en los mercados mundiales,
de donde aquellos productos que no alcancen esa calidad serán penalizados con
precios inferiores. De esta manera es posible que estemos en los primeros pasos
de una situación similar a la enfrentada por Uruguay cuando todavía sufría la
presencia de aftosa, y sus productos obtenían precios menores y los mercados
eran más acotados.
Otros países están
tomando sus recaudos en ese sentido. En un estudio prospectivo sobre los
mercados de la carne en Europa realizado desde Nueva Zelandia se indicaba que en
el futuro próximo toda la carne deberá ser “orgánica” o “natural”, no
habrán otros estándares aceptados, y además habrá que demostrarlo. Por
lo tanto, el valor agregado ambiental será determinante en la
competitividad del país en los mercados internacionales.
No habría
que caer en la ingenuidad de pensar que estas tendencias son propias de los países
ricos, ya que se están repitiendo en la región. Por ejemplo, en este pasado
verano, una de las más importantes cadenas de supermercados de Argentina comenzó
a etiquetar por su cuenta "carne de origen pastoril" como una
diferenciación del producto frente a la carne originada en feed lot, y que
apunta a sus compradores. La revista de los CREA argentinos anunciaba la medida
como el "adiós al commodity carne".
Un sistema de
producción que integre los aspectos ambientales se maneja desde otra
perspectiva, y deben abandonarse varias ideas preconcebidas. No siempre los
nuevos sistemas bajo condiciones ecológicas son más baratos, así como no
siempre sus rendimientos son inferiores a las prácticas tradicionales. En
realidad existe un amplio abanico de resultados que dependen del tipo de
producción considerado, las aptitudes ecológicas y productivas del área bajo
explotación, las tecnologías empleadas, y el desarrollo del mercado de consumo
de esos productos.
Para ilustrar estas
cuestiones pueden mencionarse algunos ejemplos destacados. En el caso de Nueva
Zelandia, cuando se comparó el cultivo de maíz dulce por medios convencionales
y por métodos orgánicos se detectó que el sistema orgánico presenta
rendimientos apenas inferiores al tradicional (15 ton /ha contra 17 ton /há).
Si bien los costos directos son más altos en el sistema orgánico, igualmente
el precio de venta es mucho mayor, de donde el margen económico bruto por hectárea
es de casi $ 1.700 en el sistema orgánico contra $ 926 en el convencional.
Los sistemas
orgánicos tienen otras ventajas adicionales que hacen al sector
agropecuario en el largo plazo. Sus impactos ambientales son menores preservando
la calidad del suelo y del agua. Otro estudio neozelandés compara las características
físicas, químicas y biológicas de los suelos y el resultado económico de
establecimientos comerciales que siguen un tipo particular de prácticas
ambientales (conocidas como "biodinámicas") contra predios bajo usos
convencionales. El estudio, que consideró los rubros más representativos de
exportación, permitió determinar que después de ocho años los suelos en las
granjas "biodinámicas" tenían mejores condiciones físicas, mayor
contenido de materia orgánica y actividad microbiana, mejor penetrabilidad,
estructura y menor densidad. Pero además, en el plano económico, las granjas
biodinámicas fueron tan viables como sus pares convencionales.
Hemos escogido estos
ejemplos de Nueva Zelandia para poner en el tapete otra cuestión. Ese país es
presentado una y otra vez como ejemplo a seguir por Uruguay, aludiendo a la
liberalización del sector y retracción de la cobertura estatal. Pero esa es sólo
una parte de la historia, y se olvida mencionar que ese país mantiene estas prácticas
alternativas, las cuáles evalúa y mejora para utilizarlas para competir en el
mercado internacional.
También es necesario
advertir que la propia definición de "orgánico" o
"natural" se vuelve un motivo de discusión, de enorme importancia por
sus repercusiones ambientales y bajo discusión entre los países. En este artículo
hemos usado los dos términos ya que nos interesa subrayar una perspectiva común
que apunta a mejoras ambientales en el proceso y método de producción,
elevando los requerimientos ecológicos y sanitarios del producto.
No debe creerse que
el Valor Agregado Ambiental encierra una oposición a la tecnología. Por el
contrario, para lograrlo es necesario un aporte científico y técnico, pero
mediado en referencia a si promueve el mejor balance ecología-agropecuaria.
Recientemente
Alejandro Ravaglia, un consultor argentino especialista en gestión de recursos
humanos y gerenciamiento para el sector rural, destacaba la importancia que tenía
para las empresas agropecuarias el definir metas claras y precisas, y a partir
de ellas elegir las tecnologías más apropiadas para alcanzarlas. Las
evaluaciones corrientes entonces consideran si una tecnología en particular
baja los costos de producción por unidad del producto o por hectárea. A ese
tipo de análisis debe agregarse otro que toma en cuenta al Valor Agregado
Ambiental como otras de las metas a perseguir. Por ello es necesario evaluar
también si la tecnología en uso aumenta la calidad del producto desde el punto
de vista ambiental.
Nuevamente
Nueva Zelandia ofrece un ejemplo en este sentido. Allí se realizan ensayos de
producción ovina bajo un estricto sistema orgánico que incluye la
prohibición del uso de tomas, vacunas, antibióticos, baños y cualquier otro
uso de remedios (los animales enfermos son tratados pero son removidos del
circuito orgánico). Los datos que resultan de sistemas experimentales han
permitido determinar que es posible obtener producciones aceptables en términos
de producción física de carne y lana por hectárea y por unidad de stock, con
costos levemente inferiores. La comparación del resultado económico medida en
margen bruto por unidad de stock, y por hectárea, fue levemente ventajosa para
el sistema convencional (7% y 16% respectivamente) a partir de los precios de
venta en el mercado corriente. A partir de esos datos se pueden calcular
los sobreprecios necesarios para compensar las diferencias. El dato clave aquí
es que si las proyecciones futuras de requerimientos de carne natural se
cumplen, Nueva Zelandia ya se está preparando para mantener buenos niveles de
producción con los estándares más exigentes. Ese país está analizando las
prácticas y tecnología necesarias pero además evalúa la relación costo
beneficio de esos nuevos métodos.
Uruguay posee
ventajas en aprovechar el Valor Agregado Ambiental y presentarse ante el mundo
como uno de los pocos países que puede en realidad hacer gala de una producción
bajo condiciones naturales. Sería penoso que se perdiera esa oportunidad ante
los países europeos, donde sus condiciones ambientales se encuentran bajo un
deterioro mucho más grave que el observado en nuestros campos.
Hasta el momento las
ventajas del valor agregado ambiental no han sido aprovechadas intensivamente.
Parecería que cómo han estado allí por mucho tiempo pasan desapercibidas. En
ese sentido recordamos como un técnico agropecuario participante en un taller
sobre estos temas nos relataba que un productor ovino sobre basalto superficial
se preguntaba "¿qué tengo yo que ver con los temas ambientales si
nosotros casi ni tocamos el ambiente?". Precisamente esos productores deben
ser los más interesados porque ellos ya poseen una enorme ventaja que podrían
pasar a aprovechar comercialmente.
El sector ganadero en
su enorme mayoría está muy cerca de esas condiciones. De los casi 16 millones
de hectáreas agropecuarias censadas en 1990, alrededor del 80 % eran campos
naturales, lo que de por si ya es un ventajoso punto de partida.
Pero el poseer estas
condiciones no es suficiente sino ello no se hace valer en los productos que se
comercializan, y se dan a conocer y publicitan en los mercados a los que
exportamos. Por lo tanto son indispensables adecuados sistemas de certificación
y trazabilidad, los que en lugar de estar en contra de nuestra producción, están
a favor. La situación se hace más urgente cuando se observa que hay países
que están intentando imponer a nivel internacional sus propias normas de
calidad ambiental montando ambiciosos esquemas de marketing y publicidad para
difundirlas por todo el mundo.
El slogan de
"Uruguay Natural" podría ser un componente importante para las fases
de comercialización y mercadeo, pero debe ser dotado de contenidos. Ello
requiere definir estrategias de acción que permitan capitalizar las ventajas
ambientales comparativas, elaborando nuestros propios estándares, esquemas de
certificación y vías para la trazabilidad. Es una tarea compleja y trabajosa,
pero indispensable. Y para llegar a buen puerto se necesita la asistencia de
muchos sectores, algunos tradicionales, como el Estado o las gremiales rurales,
y otros novedosos, como las organizaciones de consumidores.
Revista del Plan Agropecuario No. 92, pp 52-56, julio-agosto 2000, Montevideo.
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