Comercio
internacional y agropecuaria Latinoamericana
Temas recurrentes, objetivos olvidados
Eduardo Gudynas y
Gerardo Evia
Los debates sobre el comercio internacional de productos agrícolas y ganaderos son cada vez más complejos. Las resoluciones de la OMC en Doha, y las negociaciones del ALCA, agravan el panorama. Para encontrar las salidas adecuadas es indispensable diferenciar entre instrumentos de protección legítimos y perversos, reconociendo que las medidas ambientales y sociales correctamente aplicadas favorecen a todos, incluso el comercio agropecuario.
Las recientes
discusiones sobre comercio internacional en América Latina otorgan una enorme
importancia a los productos agrícolas y ganaderos. En este contexto, la
agropecuaria Latinoamericana enfrenta varios desafíos, tanto frente a las
negociaciones en marcha en el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA),
como a las consecuencias de la ronda que la Organización Mundial de Comercio
(OMC) lanzó en Qatar. La discusión en lugar de simplificarse, cada vez es más
compleja y confusa; unos insisten en viejos temas, mientras corren el riesgo de
olvidar compromisos básicos con la calidad de vida y la alimentación.
Sin embargo el debate no
ha alcanzado el nivel que merece. Posiblemente eso se debe a que en los últimos
años se ha difundido la idea que la economía Latinoamericana avanza gracias a
las telecomunicaciones, el petróleo o los servicios financieros; publicaciones
como la revista América Economía o el periódico Gazeta Mercantil acentúan
esa imagen. Pero en realidad es una posición equivocada: el cultivo de la
tierra, la cría de ganado y demás actividades rurales, siguen teniendo una
gran importancia en nuestro continente. Por un lado, ofrecen el sustento
alimentario de millones de personas, generan actividades que involucran directa
o indirectamente a más de 120 millones de personas . Por otro lado, siguen
siendo importantes desde el punto de vista económico; es del orden del 7 % del
PBI regional, pero su importancia aumenta cuando se recuerda que nutren a un
sector manufacturero y las exportaciones (alcanzando el orden del 20%).
Nuevos
actores bajo nuevas circunstancias
Sin embargo hay que
admitir que han tenido lugar muchos cambios en la producción agropecuaria. En
primer lugar debe mencionarse la apertura y liberalización del comercio
agroalimentario; los gobiernos derrumbaron medidas de protección y alentaron el
comercio. En segundo lugar, los gobiernos también abandonaron las políticas de
intervención activa en el sector, con sus proyectos de apoyo, subsidios, y
asistencias. El propio concepto de "política agropecuaria" desde el
Estado fue atacado por economistas tradicionales.
Bajo esas circunstancias
no puede sorprender que ocurriera una fuerte transnacionalización
agroalimentaria en América Latina, por la cual las empresas extranjeras se
convierten en un nuevo actor de relevancia. Entre las 500 empresas más grandes
de América Latina, las compañías transnacionales aumentaron su participación
del 27% (en 1990-92) al 43% (1998-99), según la CEPAL. El sector de alimentos y
bebidas es el segundo en presencia extranjera (11 % de las ventas), por detrás
del automovilístico, pero por delante de las telecomunicaciones y el petróleo.
Su importancia es todavía mayor si se considera las empresas de comercialización
de alimentos, como Carrefour y Walmart, que también son transnacionales. Este
proceso se ha dado tanto por la compra de empresas locales, como por la fusión
de compañías. Algunas han sido de enorme importancia; por ejemplo, la
adquisición del 100% del paquete accionario de Arisco (Brasil) por Bestfood
(EE.UU), por un 752 millones de dólares, fue la compra más importante para
todo el sector manufacturero.
De esta manera, los márgenes
de acción de los gobiernos están muy acotados, tanto por sus propias posturas
de no intervenir, por la carencia de recursos para hacerlo, como por las
posiciones que asumen las empresas extranjeras. Hasta ahora las negociaciones
comerciales internacionales, especialmente en el marco de la Organización
Mundial de Comercio, acentúan todavía más esa tendencia, ya que cualquier
intervención estatal podría ser acusada de distorsión sobre el libre
comercio.
La producción
agropecuaria ha acentuado su perfil exportador, desencadenando que cultivos
destinados a la alimentación dentro de cada país perdieran importancia, y
aumentaran los rubros de exportación (especialmente oleaginosas, frutas,
hortalizas y algunos productos pecuarios). Consecuentemente todo el sector es
cada vez más sensible a los vaivenes del comercio exterior. Los precios
internacionales siguen sufriendo amplias fluctuaciones, aunque se mantiene la
tendencia a su deterioro, de donde el aumento de las ventas se debe a la
continua ampliación de la frontera agropecuaria sobre áreas vírgenes y la
intensificación de las zonas ya ocupadas.
También han ocurrido
cambios en los actores sociales. Las grandes distancias que antes separaban a un
campesino de los Andes del patriciado con sesgo empresarial de las Pampas, se
vienen reduciendo en cierto sentido. Es que la crisis agropecuaria ha golpeado
duramente a todos, incluyendo a aquellos que en el pasado disfrutaron de éxitos
económicos. Propietarios de fincas cafetaleras en Centroamérica, como
cultivadores de soja en el oriente boliviano, a los ganaderos argentinos,
enfrentan graves problemas de rentabilidad y endeudamiento, y hoy se vislumbran
coincidencias en algunos reclamos. Este nuevo reordenamiento de los actores del
mundo rural ofrece nuevas oportunidades para estrategias alternativas.
Las circunstancias
agropecuarias Latinoamericanas también han cambiado, en especial por una
diversificación de situaciones. Algunos países son importantes exportadores
agropecuarios a nivel mundial, y luchan contra casi todas las medidas de
protección o regulación (Argentina, Brasil, Uruguay). Otros son esencialmente
importadores, y no ven con malos ojos medidas de salvaguarda para su producción
o mercados internos (especialmente Venezuela y Colombia, en alguna medida México).
Finalmente, una situación cada vez más común está representada por que
exportan algunos productos, pero deben importar muchos otros (varias naciones
Centroamericanas, Bolivia, Perú). A pesar de esta diversidad la tendencia es
preocupante: el continente en su conjunto ha aumentado sus exportaciones
agroalimentarias, pero ha incrementado mucho más las importaciones de
alimentos; el índice de dependencia alimentaria subió de 5.2 en 1986-88 a 11.5
en 1995-97.
Estas diferentes
situaciones explican en parte las diferentes posiciones gubernamentales frente
al comercio internacional agropecuario, y varios de los debates nacionales. Es
cada vez más común la demanda de medidas de protección desde los grupos
rurales más empobrecidos o endeudados, mientras los gobiernos reniegan en
nombre de la liberalización de cualquier apoyo. En los últimos meses este tipo
de debate está teniendo lugar por lo menos en Argentina, Bolivia, Brasil,
Chile, Colombia, Paraguay y Uruguay. De la misma manera, también existen varias
posiciones entre las organizaciones ciudadanas; por ejemplo, en algunos casos se
reclaman subsidios para proteger la producción campesinos, pero también hay
quienes rechazan cualquier subsidio para así luchar contra la competencia
europea; algunos quieren mejores regulaciones internacionales, y otros las
rechazan.
Proteccionismo
y subsidios
Buena parte de la
discusión actual gira alrededor de los subsidios y protecciones que muchos de
los países desarrollados destinan al sostenimiento de la agricultura en sus países.
Estos se manifiestan de diversas formas, ya sea como barreras arancelarias,
cuotas subsidios a las exportaciones, apoyos internos a la producción y otras
formas indirectas como seguros y créditos a las exportaciones. Estas medidas
ocasionan graves distorsiones en el comercio internacional de productos agrícolas,
vendiéndolos a bajísimo precio en terceros mercados y por lo tanto compitiendo
deslealmente con la producción Latinoamericana, mientras que simultáneamente
impiden importaciones. En diferente grados esta situación se observan sobre
todo con la Unión Europea, EE.UU., Canadá y Japón.
Sea desde una postura u
otra, las protecciones y subsidios que realizan los países desarrollados han
centrado los debates. Los países ricos gastaron en el 2000, casi mil millones
de dólares por día en subsidios (361 mil millones en el año). A pesar de las
promesas de reducirlos, en los hechos han aumentado, usualmente apelando a
canalizarlos bajo otros rubros. Algunos productos están fuertemente
subvencionados; un claro ejemplo son los lácteos, donde la UE brinda enormes
subsidios a las exportaciones (por ejemplo, llegando a Euros 1 904 /ton para
queso). Otros, están fuertemente regulados por cuotas o restricciones
sanitarias (por ejemplo la carne vacuna). Muchas de estas medidas están
justificadas en términos ambientales o sociales (como ocurre con el uso del
concepto de "multifuncionalidad" por los gobiernos europeos).
Comparando todos los instrumentos disponibles, por ejemplo Argentina no tiene
ningún subsidio a la exportación, ni cuotas tarifarias ni salvaguardas
especiales; México y Venezuela se encuentran entre los países de la región
que más usan esas medidas (por ejemplo, 293 salvaguardas en México, y 76 en
Venezuela). Como contracara, la UE tiene 20 subsidios a la exportación, 87
cuotas tarifarias, y 539 salvaguardas especiales.
Por lo tanto, varios países
Latinoamericanos centraron sus baterías contra los subsidios, y especialmente
contra la UE. Muchos lo han hecho desde el llamado Grupo de Cairns, que incluye
a 18 naciones (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica,
Guatemala, Paraguay y Uruguay, junto a naciones de África y Asia, y países
de altos ingresos como Australia, Nueva Zelandia y Canadá). Sin duda el
principal animador del grupo es Australia, y varias de sus posturas reciben
apoyo de otros países, incluso con apoyos explícitos de EE.UU.
Cairns:
entre la liberalización y el DDT
Los miembros del Grupo
de Cairns prepararon sus posiciones sobre el comercio internacional en una reunión
realizada en Punta del Este, Uruguay (septiembre 2001). La declaración oficial
demandó la eliminación de los subsidios a las exportaciones y otros
proteccionismos como una condición para apoyar una ronda en la OMC. La demanda
tuvo el respaldo personal del encargado de comercio exterior, y la secretaria de
agricultura, del gobierno de EE.UU.
Además de los
gobiernos, en Punta del Este tuvo lugar un foro paralelo de los llamados "Líderes
Agrícolas", que representaban a empresas y productores rurales de los países
miembros. Como era esperable, allí se criticaron ácidamente los subsidios.
Pero sorpresivamente, muchos de los oradores de países como Australia,
dedicaron largas presentaciones para denunciar la "amenaza" ambiental
al libre comercio.
Algunos panelistas
llegaron a posiciones extremas. Por ejemplo, J. Morris (del conservador
Institute of Economic Affairs de Inglaterra) criticó los acuerdos
internacionales ambientales, como el reciente tratado que prohíbe los
contaminantes orgánicos persistentes (POPs), debido a que impediría usar el
DDT en los cultivos, y alerto sobre los peligros del "principio
precautorio". Alan Oxley, de International Trade Strategias (Australia),
agregó que el Protocolo de Cartagena, que fue aprobado en el marco de la
Convención sobre Diversidad Biológica, es “veneno puro” para el comercio.
Morris sostuvo que el uso de ese principio podría hacer caer el uso de agroquímicos,
de donde las empresas de ese sector ganarían menos dinero. Por otra parte,
Oxley alertó a la audiencia que la incorporación de aspectos ambientales en la
agenda de la OMC, haría que los países desarrollados impusieran sus estándares
ambientales a los no desarrollados, minando sus ventajas comparativas.
Todas estas son posturas
extremas, pero ejemplifican una visión que se está difundiendo en América
Latina. Pero además es tradicional, concibiendo que las ventajas comerciales
son solo económicas, y que por lo tanto, la invocación de condiciones
laborales o ambientales implica aceptar otros factores, que socavan aquellas
"verdaderas" ventajas. Pero en realidad, los componentes ambientales
Latinoamericanos son parte de esas ventajas, permitiendo producir alimentos más
sanos, y de mejor calidad, con comparativamente menos impactos ambientales.
También olvidan que impedir el uso de agroquímicos, como el DDT, tiene por
finalidad proteger la salud de las personas y la calidad ambiental. Sin embargo,
tanto las medidas ambientales como los subsidios, se pusieron en una misma
bolsa, y con ella se viajó a Qatar.
La
reunión de la OMC en Doha
En la reunión
ministerial de la OMC en la ciudad de Doha (Qatar) los temas agropecuarios
generaron ásperas discusiones. A pesar de ello, al finalizar el encuentro todos
declaraban una victoria: tanto los miembros del Grupo de Cairns como la UE,
celebraron lo que calificaban como un éxito. En América Latina los ministros
declaraban que se iniciaba el derrumbe de los subsidios europeos, mientras que
el comisario de la UE, aseguraba la protección de sus agricultores.
Las semanas que han
pasado permiten un análisis más detallado. La resolución ministerial sobre
agricultura no permite ser optimistas. Allí se sostiene que los países se
comprometen a negociaciones que apuntan a "mejoras sustanciales del acceso
a los mercados; reducciones de todas las formas de subvenciones a la exportación,
con miras a su remoción progresiva; y reducciones sustanciales de la ayuda
interna causante de distorsión del comercio". Es evidente que no se
lograron acuerdos sustanciales ni concretos; no se dice que se anularán los
criticados subsidios en un determinado plazo, ni siquiera se establece qué
proporción alcanzarán esas reducciones. Peor aún: el acuerdo en realidad
apunta a negociar las modalidades con las cuales se llevarán a cabo esas
reducciones; o sea que es una negociación sobre como se negociará en el
futuro. Y para que no quede ninguna duda que se dan por ciertas unas metas o
plazos, la UE logró que se incluyera una frase ("...sin prejuzgar el
resultado de las negociaciones..."), donde deja todo el acuerdo dentro de
enormes signos de interrogación. Se podría argumentar que la sola aceptación
del propósito de negociar los subsidios agrícolas ha sido una gran victoria
frente a la UE, pero los plazos involucrados y la vaguedad del acuerdo no
permite ningún optimismo. Los delegados oficiales de la UE no se han cansado de
repetir que la protección de sus agricultores está asegurada.
En este terreno también
hay implicaciones negativas para América Latina, ya que no sólo se seguirá
chocando con el proteccionismo europeo, sino que EE UU apela a ese justificativo
para mantener sus propios subsidios. Recordemos que Washington justifica su
proteccionismo para no perder competitividad frente a los europeos (por supuesto
nada dice sobre las presiones internas de sus "farmers" y empresas).
Asimismo, el panorama que emerge para las negociaciones del Mercosur con la UE
es también negativo, ya que Bruselas podrá mantener su conservadora agenda agrícola.
Buena parte de estos
debates a su vez están relacionados con las restricciones ambientales, las que
también se discutieron en Doha. Los resultados tampoco son alentadores: las
futuras negociaciones serán coordinadas por Chile, uno de los países que más
se resiste a incorporar medidas ambientales, priorizando sus exportaciones de
recursos naturales, más allá de los costos ambientales que ocasionan. Se
tomaron varias resoluciones, tales como analizar las relaciones entre las normas
de la OMC y los aspectos comerciales en los convenios ambientales, los
procedimientos para intercambiar información entre los comités de la OMC con
las secretarías de esos tratados internacionales, y el temario que deberá
abordar el Comité de Comercio y Medio Ambiente de la OMC.
Buena parte de estas
tareas ya estaban en marcha en la OMC, así que no constituyen verdaderos
progresos. Pero para no dejar lugar a dudas, se aclara una vez más que no se
"prejuzga" el resultado de las negociaciones. Además sostiene que
cualquier acuerdo deberá ser compatible con el actual sistema multilateral de
comercio, sin "aumentar" ni "disminuir" los derechos y
obligaciones de los países. En palabras más simples: se pueden analizar todas
las articulaciones ambiente-comercio que se quieran, pero no será posible
modificar las reglas de comercio. Por lo tanto, bajo estas circunstancias, toda
vez que exista un conflicto entre las regulaciones de la OMC con las de un
tratado ambiental, se podrá invocar que prevalecen las razones comerciales.
Desde una perspectiva
Latinoamericana, el balance de la reunión de Doha es negativo. No se lograron
avances sustanciales en agricultura, no se ha abordado adecuadamente la temática
ambiental, ni intentado separar medidas de protección legítimas de otras que
encubren fines comerciales, y se permitió el ingreso de otros temas (como
medidas de competitividad e inversiones) a la agenda de la OMC. Sigue avanzando
una perspectiva economicista, y liberalizadora, por sobre metas sociales y
ambientales, y que excluye la posibilidad de construir políticas nacionales
agropecuarias.
Los repetidos anuncios
de que se exigiría liberalizar el comercio agrícola hasta las últimas
consecuencias, no se llevaron a la práctica, y los delegados apenas obtuvieron
en los hechos una extensión de la eterna negociación. Una negociación que se
da en una organización que está cuestionada también por su falta de
democracia y equidad.
Para hace todo más
complejo, los términos del debate apuntan en el mismo sentido que los
borradores disponibles en el ALCA. En este caso la posición de EE.UU. es
particularmente compleja, ya que ataca los subsidios europeos, y a veces
respalda a varios Latinoamericanos en ese sentido, pero a la vez mantiene sus
propias protecciones internas. En enero de 2002 se acaban de dar a conocer todos
los subsidios otorgados por Washington a sus granjeros, que entre 1996 y 2000
superaron los 71529 millones de dolares, y de manera muy inequitativa
(favoreciendo claramente a las grandes empresas agroindustriales, donde el 10%
de las granjas más grandes se llevaron más del 60% de las asistencias). Para
hacer todo más complicado, las más recientes resoluciones del congreso apuntan
a otorgar un permiso de negociación comercial a G. Bush a costa de una larguísima
lista de restricciones, entre ellas el mantenimiento de protecciones a los
agricultores. Si esto se concreta no habrá ningún avance sustancial ni en la
OMC ni en el ALCA.
Clarificando
la discusión
Este breve panorama
muestra la compleja discusión a la que se enfrenta América Latina, tanto sus
gobiernos como sus organizaciones ciudadanas. Para avanzar hacia soluciones
sustantivas, y no quedar perdidos en el laberinto, parece necesario clarificar
algunos puntos.
Comencemos por
preguntarnos: ¿es incorrecto proteger a los agricultores? ¿Es censurable
atacar aquellas medidas que permiten a la gente vivir en el campo, y tener desde
allí acceso a una vida decente ? Pocas personas cuestionarían ese objetivo es
inaceptable, y de hecho muchas organizaciones Latinoamericanas lo reclaman. Pero
también hay que preguntarse ¿es correcto distorsionar un requisito de protección
ambiental para que impida cualquier importación?, ¿es aceptable vender en los
mercados internacionales a precios de regalo, sin mirar las consecuencias en
otros países? Nuevamente pocas personas defenderían este tipo de manejos. Son
justamente este tipo de preguntas las que deben plantearse, paso a paso, frente
a cada uno de los problemas del comercio internacional agropecuario.
Bajo algunas
circunstancias los subsidios poseen elementos positivos, como asistir a
campesinos enfrentando desastres naturales o promover una reconversión ecológica.
Otro tanto sucede con las regulaciones ambientales, que pueden fortalecer por
ejemplo la producción agroecológica. Muchas veces se critica este tipo de análisis,
denunciando que las posturas de las organizaciones campesinas o ambientalistas,
son la causa de todos los males o representan los intereses europeos, y que
amenazan distorsionar las posibilidades exportadoras Latinoamericanas. Es una
simplificación extrema. Tan extrema como decir que toda medida de liberalización
va contra los intereses sociales o ambientales. Justamente las posiciones rígidas
y el diálogo de sordos amenaza con profundizar la telaraña que envuelve esta
temática.
Nadie puede negar que la
mayor parte de los subsidios a las exportaciones, cuotas, y buena parte de los
subsidios y ayuda interna dedicados a la agricultura por los países
desarrollados inciden negativamente en las posibilidades de desarrollo de América
Latina. También es cierto que muchos de esos subsidios y apoyos hacen que sean
viables prácticas agropecuarias de alto impacto ambiental, afectando
negativamente la eficiencia del sistema global de producción de alimentos (en
sus planos económico, social y ambiental). Este tipo de subsidios son llamados
perversos, y sus intervenciones deben ser eliminadas, sea en los países
desarrollados como en América Latina (donde todavía hay algunos, como la
reciente medida del gobierno colombiano de eliminación de impuestos para
promover la producción de agroquímicos). Como contracara, los subsidios legítimos
apuntan a metas ambientales y sociales.
También es cierto que
se usan regulaciones ambientales de manera injustificada, para trabar el
comercio. Pero una mala aplicación no puede ser usada para concluir que un
concepto está errado. Las regulaciones ambientales tienen sentido si aseguran
la conservación ambiental y la protección de la salud; usualmente tienen
ventajas económicas asociadas porque reducen los costos externos que se
socializan (por ejemplo, la contaminación que deben sufrir los vecinos a una fábrica).
En general, los gobiernos Latinoamericanos critican cualquier regulación
ambiental, un hecho en parte comprensible por los abusos de varios países
ricos.
Pero con eso pierden la
oportunidad de aprovechar las ventajas que tienen de lograr alimentos de mejor
calidad y más sanos, y con relativos menores impactos ambientales. Por ejemplo,
hay zonas en América Latina con ventajas para criar ganado pastando a cielo
abierto en praderas subtropicales, cultivos de frutas o café a la sombra en
ambientes tropicales, bajo condiciones agroecológicas. Por lo tanto, si
disponemos de esas ventajas, ¿por qué no usarlas en el comercio internacional?
En la medida que se establezcan estándares ambientales claros y consistentes
podríamos efectivamente capitalizarlas. De lo contrario nuestras verdaderas
ventajas no podrán expresarse y deberemos seguir compitiendo con sistemas
altamente contaminantes y ambientalmente insostenibles.
En estos casos, una y
otra vez la referencia para las respuestas adecuadas se encuentran en las metas
referidas a la calidad de vida de las personas y la calidad ambiental. Por lo
tanto, pueden defenderse aquellos subsidios que permitan sacar a los campesinos
de la pobreza o proteger nuestro ambiente; pero deben ser atacadas las medidas
que invocan esas medidas pero no son efectivas en lograrlas, y en realidad
responden intereses económicos. Por eso, posiblemente el camino que debemos
transitar pasar por algún lugar en que la comunidad internacional entienda que
los subsidios agrícolas indiscriminados deben ser eliminados, acordando normas
y regulaciones transparentes, que permitan proteger en forma responsable a las
personas y su ambiente, sin necesidad de reivindicar el DDT.
Artículo
publicado en Tercer Mundo Económico, Montevideo, marzo 2002.
E.
Gudynas y G. Evia son investigadores en D3E y Claes (Montevideo).
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