Vaca Loca en Estados Unidos
La "familia
Monster" en la granja y los "locos Adams" en el gobierno
Eduardo Gudynas
La confirmación de un caso de "vaca
loca" en Estados Unidos ha causado conmoción. El animal con encefalopatía
espongiforme bovina (EEB) era una vaca lechera que procedía de un rancho en el estado de
Washington. Había sido sacrificado el 9 de diciembre, y el azar determinó que una
muestra de sus tejidos entrara en el sistema de monitoreo veterinario del Departamento de
Agricultura de ese país.
El caso ha puesto nuevamente en primer término la pesadilla
que se vivió en Europa años atrás, en especial cuando Inglaterra padeció el problema
con un costo enorme. Justamente allí se detectó que los humanos podían contraer una
afección similar, al ingerir carne contaminada, lo que explica la reacción pública
frente a esa afección.
Los impactos del nuevo caso son enormes, tanto dentro de
Estados Unidos como a escala internacional. El consumo interno de carne caerá, los flujos
exportadores prácticamente se cerrarán, de donde se estima que la industria de la carne
de EE.UU. perderá casi 6 mil millones de dólares (más de la mitad debido a
exportaciones canceladas) y se abren nuevas interrogantes sobre los controles sanitarios.
Treinta países ya han anunciado que suspenden la compra de carnes desde Estados Unidos,
por lo que el 90 % de las ventas externas ya se perdieron.
La erupción de la EEB es parte de la tendencia actual de
insistir con animales y plantas cada vez más artificiales. Los graneros, las granjas y
las praderas reciben toda clase de miembros de esta nueva "familia Monster":
desde plantas transgénicas que secretan sus propio insecticida a vacas que dejaron de ser
herbívoras, como sus ancestros más recientes, para convertirlas en carnívoras (en
sentido más estricto, en carroñeras que se alimentan de los desechos de otros animales
muertos). En esa alteración básica tanto de la fisiología animal como en su ecología,
se disparó la EEB: la afección original que era propia del ganado ovino, logró
trasladarse a los vacunos, y de allí, de tanto en tanto, afecta a los humanos.
Buena parte de la controversia actual no enfoca los aspectos
positivos o negativos de tener los campos poblados por la "familia Monster",
sino que lamenta los impactos económicos y avanza en una supuesta salida en generar más
y más controles. La visión tradicional no pone en discusión el tipo de ganado que
criamos, ni el tipo de tecnología asociado al ganado estabulado convertido en carroñero.
Ese tipo de producción ganadera se da por bueno, se lo reviste de una imagen de
modernidad y cientificidad, y entonces la discusión se enfoca sobre los controles.
Es que mientras la "familia Monster" está en los
graneros y los campos, los "locos Adams" están a cargo de todo el sector
agroindustrial. En los gobiernos, en las empresas y en buena parte de la comunidad
científica y tecnológica se defiende una y otra vez esa opción productiva, usándose
los más alocados argumentos. Las jerarquías de Washington el mismo día que anunciaban
el caso de "vaca loca" indicaban que no representaba una caso de bioterrorismo,
abriendo una vez más la puerta al miedo y la desinformación. Repitieron su fe en los
controles, a pesar que esas mismas autoridades no habían impuesto, por ejemplo, filtros
fronterizos con Canadá, ni ampliaron las muestras bajo escrutinio para identificación de
la afección. Además, anunciaron que sospechaban que la vaca en cuestión provenía de
Canadá, buscando reducir las culpas propias y dejando al vecino bajo las sombras. No
olvidemos que la detección del animal afectado ocurrió después que fue faenado; sus
partes se desperdigaron con diferentes fines en por lo menos ocho estados, y todavía
siguen buscando sus rastros.
Los "locos Adams" defienden todo un paquete
tecnológico, donde se maximiza la producción de carne en el menor tiempo posible, y para
ello se instalan proveedores de alimentos adicionales. En muchos casos la agricultura se
ha derivado en producir raciones para la cría intensiva del ganado. Todo el paquete es
más y más complejo, y mueve cifras crecientes de dinero. El productor ganadero vende
más animales, y cada uno de ellos es más pesado; pero necesita comprar cada vez más
alimentos, aplicar más y más drogas, tener mayores instalaciones que consumen más
energía y más agua. Los granos deben crecer cada vez más rápido, y por lo tanto si son
transgénicos mejor. Todo el paquete es una delicia del capitalismo biotecnológico, pero
un dolor de cabeza para la ecología.
Intentar manejar esos grandes niveles de complejidad, y el dinero que se mueven a su alrededor, sólo por medio de controles y fiscalizaciones, es como enfrentar a niños que juegan con explosivos, y decirles que pueden seguir haciéndolo mientras se instalan más controles y salvaguardas para evitar una explosión. Si apeláramos al sentido común, ¿no sería más adecuado simplemente dejar de fabricar esos productos peligrosos? Consecuentemente, ¿por qué no volver a la producción natural, donde las vacas caminan y comen pasto? Sin embargo, el sentido común ha desaparecido, y los "locos Adams" insisten con la "familia Monster".
El uso y abuso de los controles veterinarios y productivos
tiene límites. Cada nuevo control es más caro, más engorroso, y el control en sí mismo
es una nueva fuente de posibles errores y problemas. Se supone que la artificialización
puede ser manejada con competencia, previéndose los problemas y anticipándose a ellos.
Sin embargo, este caso de "vaca loca" contradice esas aseveraciones. La
sumatoria de controles sobre más controles genera incertidumbres, ya que no opera sobre
la esencia del proceso tecnológico. Los nuevos controles se convierten ellos mismos en
fuentes de accidentes, y generan una ilusión que se convierte en el centro de la
discusión, cuando el debate debería centrarse sobre la viabilidad de una producción de
alimentos de ese tipo.
América Latina está atrapada por esa mirada de los
"locos Adams" y sus campos poco a poco se van poblando con variedades de la
"familia Monster". Los analistas tradicionales repiten que el caso de "vaca
loca" en EE.UU. ofrece muchas oportunidades para Argentina, Brasil, Uruguay y otros
exportadores cárnicos. Se abre un nicho de unos 3 500 millones de dólares en ventas
cárnicas. Las mayores posibilidades están en aquellas zonas o países donde prevalece la
cría del ganado en forma extensiva o semi extensiva, pastando en praderas (una forma de
cría que podríamos calificar de "natural"). El caso extremo es Uruguay, donde
está prohibida la alimentación del ganado con raciones derivadas de la carne y el hueso.
Pero deben admitirse algunas dudas en ciertas zonas de Brasil y especialmente de Argentina
donde se ensayan formas intensivas a semi intensivas de cría con complementos de raciones
("feed-lots").
Los intentos por avanzar en cría ganadera intensiva en
varios países y la proliferación de los transgénicos son síntomas de un paquete
tecnológico de alta artificialización; es una apuesta a la "familia Monster".
Frente a este panorama, las naciones del sur deberían dejar de restregarse las manos
imaginando los nuevos mercados que se les abre al desaparecer la competencia de Estados
Unidos, para comenzar a analizar más detenidamente las esencias y fines de su propia
producción agropecuaria. Una vez más, la cría natural del ganado es más barata, más
sana, y por si fuera poco, más segura.
Eduardo
Gudynas es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad
América Latina). Publicado el 30 de diciembre de 2003.
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