LOS PROYECTOS DE DESARROLLO RURAL BAJO LA LUPA
Sebastián Carenzo
América
Latina es uno de los escenarios privilegiados por la cooperación internacional
para la implementación de proyectos de “desarrollo rural”. Desde las políticas
asistencialistas de “combate a la pobreza” en los noventa, hasta el actual
énfasis en la creación de autoempleo a través de microemprendimientos y
microcréditos; una multiplicidad de iniciativas se desarrollan teniendo como
objeto a la población “campesina” que habita estos territorios.
La
formulación de estos proyectos recae generalmente en cuadros técnicos de ONGs
y del Estado, quienes construyen una representación de la “población
beneficiaria” en aras de justificar y argumentar la necesidad y/o la urgencia
de implementar las acciones propuestas. Para ello es frecuente el empleo de una
serie de supuestos relativos a las características y objetivos de las
poblaciones receptoras, que más que hablarnos de la dinámica de
transformaciones en la subjetividad y en la constitución de colectivos en el
medio rural, nos presentan una versión de estas poblaciones que se adecua a los
temas y líneas “financiables”. El tema central es que a la hora de
implementar los proyectos pueden convertirse en fuentes de tensión y conflicto
con los sujetos y comunidades “beneficiarias”.
Uno de
estos supuestos nos presenta una versión naturalizada de la situación de
precariedad socio-productiva del sujeto “beneficiario”: un campesinado
estrechamente ligado a la tierra, que presenta un límite “interno” a su
capacidad transformadora del ambiente: pequeña escala, medios escasos y
tecnología de baja intensidad. En el plano simbólico, este sujeto desarrolla
además un modo de vida regido por instituciones, normas y valores
“tradicionales”, que refuerzan la idea de apego a la tierra y una tendencia
al mantenimiento del status quo. Así, la pobreza y la marginalidad se asumen
como el “costo ineludible” de un ecologismo esencializado.
Por otra
parte, se asume la existencia de cierto darwinismo social entre estos sujetos,
que sería consecuencia directa de los nuevos desafíos que impone el proceso de
“globalización” de la economía de mercado en el mundo rural. Así,
“diferenciación” y “competitividad” pasan a ser las claves de
transformación de las estructuras socio-productivas de estos sujetos
campesinos, y en consecuencia aquellos que no puedan evolucionar en
microempresarios rurales deberán desaparecer.
Los
proyectos incorporan y reproducen esta visión dicotómica del mundo rural y su
futuro, ya sea que se propongan facilitar la adopción de una racionalidad
empresaria por parte de estos sujetos para poder acceder y sobrevivir en
mercados competitivos; o por el contrario, intenten resistir los efectos
destructores de la globalización a partir del fortalecimiento de las actuales
condiciones que permiten la reproducción material y simbólica de estos
sujetos. Sin embargo, en ambos casos la dicotomía propuesta resulta estéril
para dar cuenta de la veloz dinámica de transformaciones de orden social, económico
y cultural que evidencia el mundo rural latinoamericano (1).
En tal
sentido, una tarea urgente es revisar críticamente las herramientas
conceptuales y metodológicas desde las cuales se planifican e implementan
iniciativas de desarrollo rural. Las reflexiones que aquí presentamos se
desprenden de una investigación más amplia sobre un estudio de caso basado en
un proyecto de desarrollo rural localizado en la provincia de Formosa
(Argentina) destinado a promover el aprovechamiento sustentable de recursos
naturales del bosque nativo, entre unas 50 familias de “campesinos criollos”
(2). En dicho estudio buscamos comprender como se organizaba el trabajo familiar
en relación a los requerimientos y expectativas del equipo técnico del
proyecto, teniendo en cuenta que en su mayoría se trataba de una población
rural pauperizada que debía incorporar prácticas no agrarias como forma de
garantizar su reproducción.
Nuestras
observaciones, pusieron en evidencia una tensión a nivel de los sentidos
atribuidos al “trabajo doméstico” entre el equipo técnico y campesinos
beneficiarios. Los primeros consideraban que a diferencia de recursos escasos
como el capital o la tecnología, la mano de obra familiar era considerada un
recurso abundante y siempre disponible. Nuestros datos por el contrario,
implicaban la dificultad de entender la capacidad de trabajo familiar de acuerdo
al clásico modelo chayanoviano, donde las unidades domésticas son consideradas
sistemas relativamente cerrados en sí mismos. La disponibilidad de fuerza de
trabajo doméstica presentaba fuertes limitaciones derivadas de procesos
complejos que involucran las características socio-demográficas de cada
unidad, su participación en diversos procesos de subordinación frente a
facciones del capital agrario, industrial o comercial, y las construcciones
subjetivas y colectivas realizadas en torno a los sentidos del trabajo en relación
a un determinado contexto de actuación.
Esta
claro que aún así, muchos de estos proyectos resultan un aporte muy
significativo para el fortalecimiento del componente predial del “proyecto
productivo doméstico”, permitiéndoles acceder a recursos materiales y simbólicos
de importancia. Sin embargo debemos remarcar que esta vinculación entre
campesinos y agencias de desarrollo no se realiza al margen de situaciones de
conflicto. Por el contrario, en estos casos el conflicto se estructura en base a
dos tensiones fundamentales de las que dimos cuenta en este trabajo. En primer término,
aquella que se establecía entre el trabajo asignado a tareas prediales y
extra-prediales, que era parcialmente resuelto recurriendo a la pluriactividad
de sus miembros. Pero también señalamos otra tensión complementaria, que
resultaba de las fricciones entre una lógica doméstica y otra técnica, donde
de acuerdo al propio modo de ver el mundo se otorgaba sentido y coherencia a las
prácticas desarrolladas en el Proyecto.
Estas
tensiones expresaban diferencias significativas respecto a las representaciones
sobre el trabajo que tenían técnicos y productores, que involucraban aspectos
relacionados con la sexualidad, la temporalidad e incluso con la construcción
de saberes. Estas cuestiones no eran consideradas en la visión de los técnicos,
respecto del trabajo que las unidades domésticas debían aportar como
contraparte necesaria de su involucramiento en el Proyecto. El caso analizado
expresa estas las limitaciones evidenciadas en este campo para interpretar los
complejos procesos de constitución de sujetos rurales en el contexto actual.
Las transformaciones en las relaciones de producción y las formas de acumulación
sobre estos territorios, implican un movimiento simultáneo de pérdida e
integración de tiempos y espacios multidimensionales (físicos, sociales,
culturales y económicos). De este modo se van desestructurando y reconfigurando
las propias dimensiones y limites desde donde se definía y entendía a la
“ruralidad” y sus actores.
En
contraposición con los supuestos fuertemente reduccionistas que refuerzan esta
idea de “atraso ecológicamente armónico” y desde donde se construye la
noción de “beneficiarios” de los proyectos, lo que encontramos en nuestro
análisis era la incidencia de procesos cada vez más heterogéneos de
construcción de subjetividades. Nuestros entrevistados eran por ejemplo jefes
de la unidad productiva que saben todos los secretos del cultivo de la mandioca,
pero que también tuvieron que aprender a hacer encofrados en obras viales para
pasar la crisis del 2001; laboriosas mujeres que pasan la mayor parte del día
como empleadas domésticas en las casas del pueblo, pero que no pueden dejar de
atender los animales de la chacra para cuidar de la alimentación familiar; y
también jóvenes “campesinos” que son expertos cazadores de corzuelas, pero
que sueñan con convertirse en estrellas de fútbol o analistas de sistemas en
la ciudad. Estas situaciones son vividas de modo sumamente ambiguo, a veces como
amenaza respecto de la continuidad de su relación con la tierra y la producción
primaria; otras como oportunidades que permiten la reproducción de la vida en
condiciones materiales más dignas.
Mirando
desde el campo del desarrollo, la cuestión clave en relación a los
“beneficiarios” de estas iniciativas pasa por reconocer las limitaciones
para dar cuenta de estos procesos. Esto implica evitar caer en visiones
esencialistas respecto de la inmanencia de un “estilo de vida campesino” que
sobrevive inerme a las transformaciones estructurales del mundo; ni por otra
parte comulgar con el determinismo neoliberal que supone una disyuntiva de
hierro entre la conversión de los pequeños productores en micro-empresarios
globalizados o su gradual proletarización en territorios urbanos.
Notas
(1) Para
conocer más sobre las características de estas transformaciones remitimos al
lector al siguiente trabajo: Giarracca, Norma (Comp.). 2001. “¿Una nueva
ruralidad en América Latina?”. CLACSO. Buenos Aires.
(2) Una
versión publicada de este trabajo puede encontrarse en Cuadernos de Desarrollo
Rural N°56: http://www.javeriana.edu.co/ier/index.php?idcategoria=744
S. Carenzo es antropólogo y becario del CEIL-PIETTE (Argentina). Publicado en el semanario Peripecias Nº 41 el 28 de marzo de 2007. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.
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